martes, 6 de noviembre de 2012

NOTA SIN PRENSA DE "ALEGRÍA" EL NUEVO DISCO DE ALBERTUCHO





Muchos artistas, entre ellos alguno de los considerados fundamentales en la historia del pop, no han llegado a grabar cinco discos: bien por distintas polémicas personales o artísticas, bien por agotamiento de la inspiración, ausencia de apoyo discográfico, debilitamiento físico o mental o, sencillamente, por considerar que ya habían dicho todo lo que tenían que decir. Y es que, un disco, con ganas, suerte y trabajo, lo puede llegar a grabar casi cualquiera con un mínimo de talento, pero decidir editar cinco bajo el mismo nombre indica, sin duda, que se mantiene una voluntad de decir las cosas de una forma determinada en la que, si bien caben cambios de registro, producción o sonido, prevalece eso tan etéreo y ambiguo pero, a la vez, tan básico, como es la esencia.

Y es que, una vez que se ha dejado claro con los cuatro trabajos anteriores que se tienen cosas que decir, que se sabe cómo decirlas y que, aunque unos trabajos se enfoquen más hacia un determinado género o estilo, se conserva la actitud del primer día, el quinto disco puede ser un momento tan bueno como cualquier otro para explorar nuevas posibilidades y jugársela. Por ejemplo, el quinto disco de Dylan fue Bringing It All Back Home, y mucha gente, dicen, se escandalizó por la presencia de instrumentos eléctricos. El quinto álbum de The Who fue Who´s Next, y cuentan que también hubo quien se quejó por el uso abundante de sintetizadores. Con el tiempo, todo el mundo ha tenido que admitir que ambos discos trajeron nuevas formas de acercarse al rock y, sobre todo, canciones que venían para quedarse con nosotros mucho tiempo.

Ahora, el disco que nos ocupa es el quinto publicado bajo el nombre de Albertucho: Alegría. Y, de entrada, quizás alguno se sorprenda con la presencia de banjos, ukeleles, dobros y pedal steels en el trabajo de un chaval que tras su debut de 2003, fue etiquetado como la última esperanza blanca del rock urbano español. Sin embargo, si se hace memoria, se recordará que si algo ha caracterizado su carrera estos casi diez años ha sido la firme intención de hacer en cada momento lo que le daba la gana sin pararse a pensar qué es lo que se esperaba que hiciese. Quizás porque esa y no otra es la esencia de Albertucho.

La mejor forma de asegurarse seguir haciendo en cada momento lo que le da la gana era producir él mismo el disco y sacarlo (además de con Maldito Records) con Bliss Records, el sello independiente de sus mánager de toda la vida (A. Vallekas) que, después de haber producido discos de Mamá Ladilla, Canallas u Orujo de Brujas, parecía estar esperando la ocasión propicia para resucitar. Posiblemente gracias a esta confianza y a esta camaradería, Alegría suena tan auténtico: como si unos rockeros con miles de batallas a sus espaldas hubieran decidido irse al campo un tiempo y escribir, cantar y tocar con esa experiencia pero sin tomárselo, ni mucho menos, como unas vacaciones. Ese es el caso de Alberto Romero, compositor, productor y arreglista de todos los temas, claro. Y, por supuesto, de José Luis Garrido, ganador de dos premios Goya y en cuyos estudios Musitron se creó el clima propicio para la primera parte de la grabación. Pero también de Pablo Salinas, el socio ideal para el golpe perfecto, que apareció a mitad de grabación y se implicó en el proyecto continuando, a partir de entonces, la producción en sus estudios y mezclando la obra. Un trabajo que sorprenderá por la confluencia de estilos e influencias (folk, country, rock sureño; Mumford & Sons, Avett Brothers, New Grass Revival) y, sobre todo, por la capacidad con la que Albertucho ha sabido llevar todos estos elementos a su terreno, valerse de ellos para expresarse con su propia voz y, en definitiva, hacerlos suyos.

Resumiendo, Albertucho en este disco confirma que sigue teniendo cosas que decir, que sabe cómo contarlas y cómo cantarlas y que no ha perdido en absoluto la inspiración. Que, ahora más que nunca, parece escribir y cantar con la seguridad del que sabe quién es, de dónde viene y, sobre todo, todo lo lejos que puede llegar. Pero, sobre todo, que trae muchas canciones que, sin duda, han venido para quedarse.
A fin de cuentas, Alegría viene a ser el relato de esa pequeña epopeya diaria de la supervivencia. O, en palabras de El Capitán Cobarde, “eso tan antiguo de caerse y levantar”.

                                                                                                Víctor Martín Iglesias
Víctor Peña Dacosta
Un Hombre Exquisito



domingo, 11 de marzo de 2012

Post-crónica de una pre-escucha (por Víctor Martín)

Como la guitarra, imagen y voz cantante y sonante de Un Hombre Exquisito acababa de ser operado de la cabeza, el poeta Víctor Martín Iglesias acompañó al letrista y autor de este blog a la pre-escucha del nuevo disco de Albertucho.
En su blog ha colgado su crónica sobre ese día, que ahora pasamos a reproducir en el nuestro, no sin antes recomendarte que, pese a todo, pases, sin falta, por el suyo, ya que escribe de puta madre y, entre otras cosas, podrás encontrar su libro de poemas Cómo hemos llegado a esto y elegir si descargártelo gratis o pagar el precio que, de sobra, vale. 



Dedicado a Exquisito, que también estuvo allí.

En ocasiones suceden cosas que no deberían suceder, o que deberían haberlo hecho de otra manera. Este sábado, por ejemplo, ocurrieron muchas de esas cosas: Ángel Vallekas y Marta Romero no deberían haber estado esperándome en Conde de Casal, ni haberme llevado hasta el estudio de José Luis Garrido, ni haberme presentado a Albertucho, ni… bueno… imagino que os hacéis una idea. Todas estas cosas estaban reservadas a Exquisito, líder de la inexistente banda de rock Un Hombre Exquisito, al que una indisposición impidió disfrutar del premio con el que Albertucho dotó un concurso de Facebook que su grupo había ganado: asistir junto a un acompañante a la preescucha del que será su nuevo disco: Alegría. Pero en fin, el caso es que sucedieron y la otra mitad de Un Hombre Exquisito (que no pertenece a la banda pues, ya digo, es inexistente, pero que escribe unas letras dignas de más una banda que se jacta de existir) y yo hicimos uso y disfrute del citado premio. Y eso, y nada más que eso, es lo que voy a contar. Que no es poco.
Si el nombre, rockero insensato, de Ángel Vallekas te es desconocido, déjame que te lo presente: a él le tienes que agradecer los melocotones del Extremúsica, los conciertos también, claro, y la hasta ahora muy bien llevada carrera del señor que nos ocupa: Alberto Romero a.k.a Albertucho a.k.a Capitán cobarde. La lluvia de las dos últimas ediciones no, eso fue una putada en la que él no tuvo nada que ver y que seguramente fue culpa de ZP, vaya usted a saber. Marta R. es su jovencísima road manager (la del Capitán, no la de Ángel, a ver si nos centramos y estamos a lo que estamos, joder.) José Luis Garrido, por último, es un tipo que pasaba por allí. O, al menos, eso es lo que diría cualquiera de nosotros si se lo encuentra paseando por la calle y no sabe que este señor tiene dos premios Goya (por Habana Blues y Solas) y ha producido, entre otros muchos, a Camarón y Paco de Lucía.
En este momento es cuando recuerdo que este post está estrictamente basado en hechos reales: nada de mis habituales idas de pinza.
Llegamos, pues, a los Estudios Musitrón de Garrido. Y allí comienzan de nuevo a suceder cosas extrañas: Albertucho abre y cierra su chupa de cuero con insistencia, habla más que nosotros y se mueve de un lado a otro arrastrando un vaso de tubo que no contiene más que agua. ¿Y ésta era la estrella de rock? No. La estrella vendrá luego, cuando empiece a tirar de talento para enlazar un temazo con otro. De momento nos encontramos con un veinteañero nervioso que quiere hacer un buen papel de anfitrión. Nos enseña sus guitarras y nosotros intentamos demostrar que sabemos (y, oye, lo sabemos) de qué nos está hablando: una telecaster, una stratocaster, un dobro, un banjo, un par de acústicas… inversiones hechas con mucha cabeza y poco despilfarro que nos empiezan a dar una idea del tipo que tenemos enfrente.
Poco a poco el local se va llenando de personajes ilustres: Pablo Salinas, que ha trabajado con todos (desde los Chichos en su juventud) hasta Antonio Flores, Miguel Ríos, Luz Casal, Mike Oldfield, Joaquín Cortés, Ana Belén, Joan Manuel Serrat o Jennifer López y que últimamente anda metido en esto, “El Flaco” Jorge Barral, que se encarga del bajo y el banjo, Luismi Villarubia o el periodista Chema Gallego. Nosotros somos, por si no lo habían notado, el variopinto jurado que tiene la suerte y la difícil tarea de opinar sobre el aún inacabado próximo disco de Albertucho: Alegría.
Y ahora, después de cinco párrafos, sé exactamente lo que estás pensado: “¿¡Quieres dejarte de hostias y decirnos de una puta vez qué te parece el disco o no!?” Pues esto me parece:
Si esperas rock urbano déjame decirte que este disco se aligera. Las bases suenan limpias, poco o nada recargadas y sin embargo sólidas. Ha ganado en detalles y matices, creo yo, respecto a anteriores trabajos y la variedad musical, me parece, es mayor. Se escuchan cosas (lo señaló Marta y lo pude verificar personalmente) de Mumford & sons, de Cash, de Dylan. Pero sin gaitas. Albertucho sigue siendo Albertucho: un súper héroe de sillón, como asegura en uno de los cortes, que no se las da de nada más que de eso, de Albertucho. A su rollo. Tan a su rollo que ha decidido tomar, por primera vez, las riendas de la producción. Y por eso abre y cierra con insistencia su chupa de cuero, porque su nombre se va a unir a los de José Luis Garrido, Eugenio Muñoz (Rosendo) y Juan de Dios Martín (Xoel López y Amaral), sus anteriores e impresionantes productores. Y eso tiene que acojonar. Seguro.
Los temas se suceden (las cervezas también) y con todo el riesgo que conlleva haber escuchado el disco una sola vez, añado: diría que es más homogéneo en cuanto a tiempos; la voz, me parece, fluye con más claridad que en el pasado, más libre quizás y las letras, a primera escucha, me gustan mucho. Esa es la sensación con que me quedo. Seguro que en esta otra crónica encuentran ustedes un análisis mejor. A mí, ya digo, me quedan sensaciones, las que cuento, y sobre todo una: Albertucho sabe (así lo canta) que es mejor no tener nada, quizás por eso lo ha dado todo en este disco.


viernes, 9 de marzo de 2012

No divertirse cuando uno puede es el mayor pecado del mundo

Por cierto, el texto que nos hizo ganar la oportunidad de asistir a la preescucha del disco de Albertucho, es este:

"Recientemente, en una entrevista, el escritor Gonzalo Hidalgo confesaba que no cree que la felicidad, como tal, exista. “Existe la alegría”, matizó, “eso sí, pero me temo que no la felicidad”. Ahora, el poeta Alberto Romero, más conocido como Albertucho, anuncia que el título de su disco será, justamente, Alegría, sentimiento que podríamos definir como una acumulación pasajera, pero necesaria, de momentos de felicidad, y parece inevitable recordar a aquel entrañable y patético borrachuzo interpretado por Sancho Gracia, que en la película 800 balas aleccionaba a su nieto con que el mayor pecado de esta vida es no aprovechar los momentos entre putada y putada. 


Al fin y al cabo, el Capitán Angustia Andy Chango, única jerarquía que respetamos junto a la del Capitán Cobarde, también tiene una canción llamada “Alegría” en cuyo estribillo se pregunta “¿por qué mierda te vas?”. Ahora, entre tanta putada que nos rodea y sabiendo que es probable que no dure, parece un buen momento para abrir un paréntesis de alegría. Y aprovecharlo".


Curiosamente, Alberto en el estudio nos confesó que recientemente estaba escuchando mucho a Andy Chango y hacía poco que había visto 800 balas... Me alegró lo de compartir gustos no demasiado obvios y, sobre todo, me encantó que la "perra" tan aparentemente aleatoria que nos había dado hace poco por mezclar a Andy y Albertucho, pareciera cobrar sentido... Y es que, como alguno ya sabrá, hace tiempo hicimos este bootleg (versión cruzada de dos canciones) que, en este caso, nos servía para hacer un homenaje bífido a dos temazos: "Así me va" de Albertucho (A.KA. "El Capitán Cobarde") y "Neuronas" de Andy Chango (A.K.A. "El Capitán Angustia"). Como podréis escuchar, tan mal grabada y cantada como es nuestro estilo pero, como esperamos que podáis apreciar, aceptable, o casi, para hacer un pequeño doble tributo. Poco más que decir: a volar, a volar, a volar, shalala

Podéis escucharla en el reproductor que os martiriza cada vez que entráis en el blog (se llama, a falta de un nombre mejor "Capitán Cobarde VS Capitán Angustia") o aquí directamente:



martes, 6 de marzo de 2012

Preescucha de "Alegría", el nuevo disco de Albertucho







Habíamos quedado a las 12:45 en Méndez Álvaro, habíamos tomado dos gin-tonics cada uno y llegábamos tarde. Esto no tendría nada de sorprendente de no ser porque los que nos esperaban eran Ángel Vallekas y su simpática hija Marta con la intención de llevarnos a la preescucha del disco que Albertucho estaba terminando de retocar y porque esta vez sí nos importaba llegar con retraso. Eso provocó que el taxista que nos evitó el último pero eterno sprint de apenas 200 metros (por el módico precio de 2 euros) y el camarero que nos vio engullir las cuatro copas en menos de 3 minutos compartieran análisis: “¿vais con prisa, no?”. En efecto, llegábamos tarde, íbamos con prisa y nos faltaban al menos otros dos gin-tonics para acabar de sentirnos cómodos al descubrir que la familia Vallekas, parte importante de la historia del rock español, había optado por exponer su lado más británico en cuanto a lo que a puntualidad se refería. Finalmente, y tras las presentaciones y excusas de rigor, aparcaron en una zona residencial de Rivas Vaciamadrid y entramos tras ellos en una casa de apariencia modesta, que resultó contener un estudio cuidadísimo: el Musitrón de José Luis Garrido, ganador de dos Goyas a la mejor banda sonora, productor de Ketama, Camarón, Paco de Lucía, Canteca de Macao (o Lunas de mala lengua del mismo Albertucho) y estupendo anfitrión.
Sin embargo, esta vez se había encargado de dirigir la producción un chaval de menos de treinta años, al que ahora se notaba aparentemente desbordado por la situación y se paseaba nervioso de un lado a otro, sin poder parar ni escatimar en inútiles vasos de agua que no calmaban su sed y que, si acaso, le servían de excusa para seguir moviéndose como una simpática bola de pinball ebria. Finalmente, Marta decidió acabar con esa farsa y se ofreció a ir a buscar unas cervezas. Nosotros, disfrazando de amabilidad para con los demás la ansiedad propia, nos ofrecimos a acompañarla. A la vuelta ya habían llegado el resto de invitados a la preescucha, entre ellos el reputadísimo bajista Jorge "Flaco" Barral y su encantadora mujer, Luismi Villarubia y Ana, el periodista Chema Gallego, Concha, la mujer de Ángel y, por supuesto, las cervezas. De modo que había llegado, también, la hora de escuchar el disco.





El primer corte que nos pusieron no podía empezar de forma más directa, con una acústica y una voz en primer plano que parecían casi un manifiesto sonoro acerca de por dónde iban a ir los tiros. Bastaron unos pocos acordes para que todo el mundo se relajara y disfrutara, se confirmara que el estudio Musitrón, aparte de aparente era efectivo y, sobre todo, que el chaval de menos de treinta años podía estar nervioso y necesitar un trago de cerveza antes de compartir su trabajo pero, desde luego, no había estado, ni mucho menos, desbordado por la situación: el disco sonaba, como diría algún payaso dándoselas de listo, maduro, con enjundia. Sonaba nítido, sin recargamientos, con cada arreglo en su sitio y sin escatimar los adornos oportunos para darle vuelo o desplegar cómplices guiños melómanos. Sonaba a disco grande, si eso no fuera otro término vacío. Sonaba a disco del año si las revistas musicales sirvieran para algo. Para no aburrirles con adjetivos vacíos, sonaba de puta madre.

Pero, sobre todo, sonaba a que el productor, pese a su juventud, sabía lo que se traía entre manos o, más bien, dado que el productor era el mismo Albertucho que ponía su carrera y sus cojones encima de la mesa, que sabía perfectamente hacia dónde quería ir.



Entre las canciones que escuchamos estaba “Somos pájaros”, una especie de blues generacional involuntario, como de roquero cansado o, al menos, con mucho vivido, en el que una tremenda batería asfalta el camino hacia un estribillo entre épico y derrotado, a medio despegar o, más bien, cantado con la inevitable sabiduría amarga y el consuelo necesario que da el fracaso compartido. Quizás resume muy bien el espíritu del disco junto con “Superhéroe de sillón” que, por su parte, alterna oxímoros de la categoría de “superpoder de semi-dios” con agudas reflexiones compartidas en barras (“yo tengo cuernos como tú…/y como tú yo soy el bueno”).  Porque, bajo mi estúpido punto de vista, el disco se debate en una interesante dicotomía: parece concebido de una forma tremendamente ambiciosa pero hecho sin despegarse desde la más absoluta modestia. Y es que Albertucho alterna la cantidad de pretérito acumulado que ya le acompaña (“son mis monstruos y mis dioses/ los que despiertan a voces/ lo que un día fui yo”) con la pura ingenuidad con la que parece encarar cada composición y que le lleva a incluir  bromas semi-privadas (“Él no murió”), confesiones de amistades (“Mi compadre”) o puras apologías de una determinada forma de vida (“si sueñas mucho más de lo que quieres/ será mejor no tener nada”). Al fin y al cabo, como reza otro de los títulos “Tiene que haber de todo”. Y por ese “de todo” se notaba que habían pasado Johnny Cash, Mumford & Sons, Dylan, The Felice Brothers y también, no conviene olvidarlo, el mismo Albertucho, que parecía escribir y cantar con la seguridad del que sabe quién es, de dónde viene y, sobre todo, todo lo lejos que puede llegar.


Finalmente, se acabó el disco y se acabaron las cervezas. Se fue despidiendo la gente y nosotros nos ofrecimos a irnos para dejar trabajar a los profesionales. Sin embargo, Ángel y Concha Vallekas se empeñaron en llevarnos a comer y nos regalaron una sobremesa plagada de anécdotas divertidas desde su posición privilegiada en el rock nacional. En el muestrario de chistes y descojonantes batallas destacó especialmente Pablo Salinas, que ha trabajado con todos (desde los Chichos en su juventud hasta Antonio Flores, Miguel Ríos, Luz Casal, Mike Oldfield, Joaquín Cortés, Ana Belén, Joan Manuel Serrat o Jennifer López) y que últimamente anda metido en esto. Albertucho (para entonces ya D. Alberto) no quiso venirse por falta de hambre y apareció luego con Marta, fiel escudera, cuando los demás ya habíamos terminado, manteniendo su intención de ayunar y sin querer aceptar más que un café. Otra vez volvía a parecer un chaval de nuestra edad, tímido y nervioso después de un examen. Sin embargo, la diferencia era que al cabo de un rato iba a volver al estudio a terminar un disco que, incluso sin estar terminado, ya podíamos calificar, sin duda, de sobresaliente.




jueves, 17 de noviembre de 2011

Capitán Cobarde VS Capitán Angustia

En una jam etílica con Iván Batuecas salió la idea de este bootleg (versión cruzada de dos canciones) que, en este caso, nos servía para hacer un homenaje bífido a dos temazos: "Así me va" de Albertucho (A.KA. "El Capitán Cobarde") y "Neuronas" de Andy Chango (A.K.A. "El Capitán Angustia"). Lamentablemente, Iván Batuecas no pudo estar en esta grabación, como podréis ver, muy lejos de ser definitiva pero, como esperamos que podáis apreciar, aceptable para hacer un pequeño tributo. Poco más que decir: a volar, a volar, a volar, shalala



Aquí, pese a eso de la odiobisilidad de las comparaciones, dejamos las dos canciones originales:




domingo, 16 de octubre de 2011

No somos nada: enanos subidos a hombros de gigantes.

Con todo lo expuesto no queremos dar lugar a malentendidos: Despistaos hicieron un discazo de rock transgresivo (sea lo que sea eso) difícilmente superable; Pereza son de las bandas más solidas de pop-rock en España y Lichis, sin duda, es uno de los mejores letristas en castellano y su discografía variada, envidiable y, sobre todo, apetecible (somos muchos, imagino, los que esperamos con ansia el proyecto Miguelito).


Simplemente, como tenemos la suerte de venir por detrás, tenemos el morro de intentar aprender de sus errores. Como decía La Polla Records, nosotros, en concreto, no somos nada. Pero, gracias a Pereza, Despistaos, Nacho Vegas, Los Rodríguez, Extremoduro, Le Punk, Albertucho, Julio de la Rosa, Ariel Rot, Marea y muichos más, somos, o pretendemos ser, lo que Bernard de Chartres llamaba "enanos subidos a hombros de gigantes" y que tan bien explicó Juan de Salisbury:


"Nosotros sabemos normalmente más, no porque hayamos avanzado por medio de nuesra propia habilidad natural, sino porque nos apoyamos en la fuerza mental de otros, y poseemos riquezas que hemos heredado de nuestros antepasados. Bernard de Chartres solía compararnos a pequeños enanos subidos a hombros de gigantes. Indicaba que vemos más y más lejos que nuestros predecesores, no porque tengamos una mejor visión o una mayor altura, sino porque nos levantan y nos llevan en alto sobre su gigantesca estatura” 

(Juan de Salisbury, The Metalogicon, traducción, introducción y notas de Daniel D. McGarry)

miércoles, 12 de octubre de 2011

Zimmerman. Dylan. Sinde.

Esta es la historia que más he contado en los últimos dos años y también la que menos me han creído en toda mi vida. Tanto que yo mismo empiezo a dudar de su veracidad, pero sigo contándola:
Una vez conocí a Bob Dylan. Igual debería decir que conocí a Robert Zimmerman porque iba vestido de paisano, hasta el punto de que nadie le reconocía (porque, para Bob Dylan, curiosamente, vestir de paisano es ir de incógnito). Y mira que estábamos en el bar de enfrente de su concierto en Mérida y, entre los parroquianos de estampa de bar-de-moe-castizo, se habían colado ya algunos freaks que discutían a voces y con amagos de violencia sobre si John Wesley Harding había sido un disco malo con intención o sin intención e, incluso, sobre si John Wesley Harding valía la pena. Pero el caso es que nadie le reconocía y Bob (o, mejor dicho, Robert) estaba acodado en la barra, sentado con un vaso de vino tinto que apenas había paladeado, aparentemente absorto pero sonriendo de vez en cuando ante frases sueltas de la conversación de los freaks. (El problema es que como estas se entrelazaban no puedo estar seguro acerca de qué comentarios eran los que a Dylan, perdón, Zimmerman, le resultaban más estúpidos y, por tanto, si para él John Wesley Harding había sido un disco malo con intención de ser malo o un accidente más de su accidentada discografía). El caso es que allí estaba, y yo le vi y me senté a su lado. Y hablé con él.




         Ahora viene la parte que jamás me han creído en mi vida. Lo cual, siendo como soy un redomado mentiroso desde que dicen que debo tener uso de razón, no deja de ser sorprendente. Pero sigo contándolo. Sigo cantando en la noche la canción que tú no quieres que escuche, como decía la canción del acústico pirata de Un Hombre Exquisito.
Les prometo que es verdad. Y que entonces llevara 3 días sin dormir no es excusa: les juro que en ese tiempo sólo me había metido un gramo de cocaína y medio de eme. Bueno, y había fumado algunos porros y bebido algo, sí, pero apenas media botella de whisky, porque no paraba de vomitar sangre y total hubiera sido un desperdicio.
No me distraigan, por favor. El caso es que allí estaba Bob, y yo me senté a su lado.
No hablamos mucho. Primero, porque Bob, el pobre, ya ha dicho todo lo que tenía que decir en esta vida. Y, segundo, porque Robert y yo somos de pocas palabras… Además a mí normalmente me cuesta esto de ser freak, en parte por pura timidez… (Y en parte porque al principio estaba más interesado en conseguir una copa y era difícil llamar la atención del camarero, que se había enfrascado en la disputa de los freaks hasta el punto de acabar diciendo que la libertad de expresión tenía un límite y que, como alguien volviera a decir que un disco que contiene canciones como "The Ballad of Frankie Lee and Judas Priest" no es una joya, se largaba de su bar en ese mismo momento...)
En fin, me estoy enrollando y les juro que sólo llevo un gramo encima… Supongo que en parte es porque no tengo mucho argumento. Y es que yo en esa época no era nada fanático de Dylan, porque todavía no había visto la mejor película de la historia (a pesar de ser un auténtico coñazo): I´m not there, y no me había dado cuenta de lo chulo que puede ser tener una biblia actualizada, con parábolas y versículos para cada momento (para cada momento, claro, si se hace igual que hacen los fanáticos de la Biblia, que la lógica se la traen de casa; pero bueno, que si te pones si que te encaja una canción para cada momento, lo prometo). Así que tuvo que ser él quien me dirigiera la palabra y me preguntara qué opinaba de la discusión de los freaks. Yo, citándole (porque para entonces sí que me había leído “Crónicas”, que uno no era fanático pero sí tiene su cultura) le dije que me gustaría prenderles fuego. Pero él pasó, o no captó la referencia. O no era Dylan, como se empeña en decirme todo el mundo desde hace dos años. (Pero les juro que sí era Zimmerman. Y ahora sólo llevo un gramo y medio encima). Y bueno, simplemente me preguntó que qué opinaba yo del disco. Y le confesé que no tenía una opinión formada… Pero lo que simplemente no entendía (lo que desde luego NO PODÍA ENTENDER) era por qué había hecho el cambio de letra de la maqueta a la versión de estudio de "If you see her, say hello" y, sobre todo, y me daba igual que esa canción fuera de Blood on the tracks, que no me cambiara de tema, lo que no PODÍA LLEGAR SIQUIERA A ASIMILAR era por qué ahora había vuelto a cantar esa versión en directo.
Y ahí sí se sorprendió. Se giró 90 grados (aproximadamente: soy de letras) en el taburete y me miró de hito en hito. Y me dijo que no la cambiaba. Yo le insistí en que sí (estaba seguro, tanto como ahora lo estoy de que era Dylan y casi tanto como ahora lo estoy de que era Zimmerman). Y le recordé que ahora cantaba “If she´s passing back this way, and I hope she don´t/ tell her she can look me up, I´ll be here or I won´t”. Y él dijo que claro. Que lo mismo que había cantado siempre. Le dije que no, y que la letra de antes estaba mil veces mejor. Me pidió que se la recordara. Pero claro, yo para entonces llevaba dos gramos y cuarto de cocaína y casi uno de eme encima… Y no podía acordarme. Entonces Bob, o quizá Zimmerman, sacó un pedazo móvil de su bolsillo (algo que en ese momento me pareció psicodélico y que ahora, pensándolo, me parece más que lógico) y me dijo que iba a asegurarse y que, si tenía razón, hoy, por mí, cantaría la letra original. Yo me alegré mucho y le abracé y le besé y le dije que si quería eme se lo pasaba barato pero que me lo comprara, por Dios, o me iba a morir en mitad de su concierto.
Pero él estaba concentrado manipulando unas teclas y solo al cabo de un momento me miró con pena y dijo: “no está en Spotify”. Y yo, que notaba como los calores propios del eme me subían hasta el último rincón de mi abotargado cerebro, como arañándome la cara por dentro le grité: Ya lo sé, cabronazo, ni esa ni ninguna. Me miró un momento con pena y luego dijo: ah, sí… Y pareció desanimado. Sin embargo, entonces me acordé de que la llevaba en el móvil y le abracé y le besé y le dije que el eme se lo regalaba pero que por dios me quitara eso de encima o esto iba a acabar fatal. Pero él me hizo notar que no tenía cascos. Y me pidió que si se la podía pasar y yo le tuve que confesar que eso no era del todo legal… Y él asintió gravemente y se despidió de mí con un abrazo lento, de hombre que ya ha visto todo pero todavía tiene, incomprensiblemente, alguna capacidad para conmoverse, y me dijo que se iba no fuera que el concierto empezara sin él. Y porque le apetecía escuchar alguna canción del Albertucho. Y yo tuve que pagar su vino y luego fui al concierto pero, aparte de que Albertucho estuvo de puta madre, no me acuerdo de qué cantó Dylan o Zimmerman porque para entonces ya iba yo guapo, con perdón.
Y esto es todo lo que tenemos que decir sobre la ley Sinde.