Quién es el público y dónde se le encuentra"El periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer. (Frank Zappa.)
Muchos artistas, entre ellos
alguno de los considerados fundamentales en la historia del pop, no han llegado
a grabar cinco discos: bien por distintas polémicas personales o artísticas,
bien por agotamiento de la inspiración, ausencia de apoyo discográfico,
debilitamiento físico o mental o, sencillamente, por considerar que ya habían
dicho todo lo que tenían que decir. Y es que, un disco, con ganas, suerte y
trabajo, lo puede llegar a grabar casi cualquiera con un mínimo de talento,
pero decidir editar cinco bajo el mismo nombre indica, sin duda, que se
mantiene una voluntad de decir las cosas de una forma determinada en la que, si
bien caben cambios de registro, producción o sonido, prevalece eso tan etéreo y
ambiguo pero, a la vez, tan básico, como es la esencia.
Y es que, una vez que se ha
dejado claro con los cuatro trabajos anteriores que se tienen cosas que decir,
que se sabe cómo decirlas y que, aunque unos trabajos se enfoquen más hacia un
determinado género o estilo, se conserva la actitud del primer día, el quinto
disco puede ser un momento tan bueno como cualquier otro para explorar nuevas
posibilidades y jugársela. Por ejemplo, el quinto disco de Dylan fue Bringing
It All Back Home, y mucha gente, dicen, se escandalizó por la presencia de
instrumentos eléctricos. El quinto álbum de The Who fue Who´s Next, y cuentan
que también hubo quien se quejó por el uso abundante de sintetizadores. Con el
tiempo, todo el mundo ha tenido que admitir que ambos discos trajeron nuevas
formas de acercarse al rock y, sobre todo, canciones que venían para quedarse
con nosotros mucho tiempo.
Ahora, el disco que nos ocupa es
el quinto publicado bajo el nombre de Albertucho: Alegría. Y, de entrada,
quizás alguno se sorprenda con la presencia de banjos, ukeleles, dobros y pedal
steels en el trabajo de un chaval que tras su debut de 2003, fue etiquetado
como la última esperanza blanca del rock urbano español. Sin embargo, si se
hace memoria, se recordará que si algo ha caracterizado su carrera estos casi
diez años ha sido la firme intención de hacer en cada momento lo que le daba la
gana sin pararse a pensar qué es lo que se esperaba que hiciese. Quizás porque
esa y no otra es la esencia de Albertucho.
La mejor forma de asegurarse
seguir haciendo en cada momento lo que le da la gana era producir él mismo el
disco y sacarlo (además de con Maldito Records) con Bliss Records, el sello independiente de sus mánager de toda
la vida (A. Vallekas) que, después de haber producido discos de Mamá Ladilla,
Canallas u Orujo de Brujas, parecía estar esperando la ocasión propicia para
resucitar. Posiblemente gracias a esta confianza y a esta camaradería, Alegría
suena tan auténtico: como si unos rockeros con miles de batallas a sus espaldas
hubieran decidido irse al campo un tiempo y escribir, cantar y tocar con esa
experiencia pero sin tomárselo, ni mucho menos, como unas vacaciones. Ese es el
caso de Alberto Romero, compositor, productor y arreglista de todos los temas,
claro. Y, por supuesto, de José Luis Garrido, ganador de dos premios Goya y en
cuyos estudios Musitron se creó el clima propicio para la primera parte de la
grabación. Pero también de Pablo Salinas, el socio ideal para el golpe
perfecto, que apareció a mitad de grabación y se implicó en el proyecto
continuando, a partir de entonces, la producción en sus estudios y mezclando la
obra. Un trabajo que sorprenderá por la confluencia de estilos e influencias
(folk, country, rock sureño; Mumford & Sons, Avett Brothers, New Grass
Revival) y, sobre todo, por la capacidad con la que Albertucho ha sabido llevar
todos estos elementos a su terreno, valerse de ellos para expresarse con su
propia voz y, en definitiva, hacerlos suyos.
Resumiendo, Albertucho en este
disco confirma que sigue teniendo cosas que decir, que sabe cómo contarlas y
cómo cantarlas y que no ha perdido en absoluto la inspiración. Que, ahora más
que nunca, parece escribir y cantar con la seguridad del que sabe quién es, de
dónde viene y, sobre todo, todo lo lejos que puede llegar. Pero, sobre todo,
que trae muchas canciones que, sin duda, han venido para quedarse.
A fin de cuentas, Alegría viene a
ser el relato de esa pequeña epopeya diaria de la supervivencia. O, en palabras
de El Capitán Cobarde, “eso tan antiguo de caerse y levantar”.
La primera vez que vi a Marcelo Champanier fue por casualidad, en un concierto de Ariel Rot en La Elipa en el que salió como invitado. Hizo entonces lo que, en mi opinión, debes hacer cuando vas a actuar para un público que no te conoce: salir sabiendo que no tienes nada que perder, salir sin complejos, salir, en definitiva, a liarla. Este es el momento:
No puedo asegurar que sea algo que funcione. Ni siquiera sé si es algo, en general, recomendable: no tengo ni idea de mercado ni de música. Sí sé que al día siguiente me puse a investigar y poco después me descargué (ilegalmente, lo reconozco) su disco El club del aguante.
En él, entre temas irregulares mezclados con momentos brillantes, una innegable capacidad melódica y un deje calamariano especialmente perceptible en "Rumba de la 2 (de mayo)", brillaban temas como "Ya sé que I´ve got you under my skin", "No me quiero volver" o "Encargada del amor".
Tardé mucho tiempo en saber de Marcelo: ser de provincias puede tener ciertas ventajas, sí, pero la variedad de conciertos, desde luego, no está entre ellas. (Ya lo canta Javier de Torres en "Los grupos ingleses"…)
Una putada, porque Marcelo da la sensación de ser un animal de escenario y en alguna de las canciones parece latir sobre todo la promesa de lo que puede haber ahí, oculto, a punto de saltar. Que, a veces, es lo más importante en la música: esa promesa que a veces no acaba de concretarse del todo pero nos hace ir a conciertos, cantar desafinando, seguir comprándonos discos como gilipollas o, peor aún intentar sacarlos. Por cierto, que el propio Marcelo sacó un segundo disco aún mejor que el ya interesante primero, que empieza con un rock resacoso increíblemente sexy y elegante: el arrastrado “Buenas intenciones” y que, además, contiene la preciosa "30 lunas de Abril", la gramparsiana "Solo tu amor" o la delicada "Fantasmas de la noche".
Para los de provincias, nos queda el consuelo de la transmisión (sin el mismo feedback ni emoción) que nos proporciona a los paletos Youtube:
Aquí tenéis un ejemplo:
Ahora, Marcelo Champanier ha bordado una versión de Lou Reed que nos viene al pelo para tratar la situación política, social y, por qué no decirlo, musical en la que nos encontramos. “No hay más que hablar”, lectura castiza y contemporánea de “There is no time” que, si hubiera justicia y buen gusto en el mundo, tendría muchas opciones de erigirse como himno:
De nuevo, no sé si esto es una buena estrategia comercial: no tengo ni puta idea de mercado y tampoco, me temo, de música. Solo sé que me ha hecho acordarme de Champanier, reescuchar sus discos y, sobre todo, estar muy atento a la salida de su próximo trabajo que, al menos a primera vista, tiene una pinta cojonuda.
Para el que le pase lo mismo o algo parecido, esta es su página web:
Ayer por la tarde el argentino
Marcelo Champanier, residente en España desde el año 2000, presentó su nuevo
trabajo Tiempo&Distancia que llega tras El club del aguante y Buenas
intenciones. En este nuevo largo, producido por el mismo Champanier, le han
acompañado los grandes. Los más grandes: Claudio Gabis, que se encarga de la
guitarra eléctrica en ocho de los diez cortes del disco y que compone junto a
Makaroff uno de ellos (El laberinto) y Ariel Rot, que se deja escuchar en tres
temas. Alrededor, una banda impresionante: Toni Jurado, Candy Caramelo, Mac
Hernández, Luca Frasca, Charlie Cepeda… los sospechosos habituales de Ariel,
Calamaro, Fito… y quizás este era uno de los mayores alicientes del concierto
de anoche: Champanier y Gabis se presentaron solos, sin el sustento de una
banda detrás. Delante unas treinta personas y en torno a todos los jardines de
la Casa Sefarad. El vino, gratis. No está de mal decirlo y añadir que la
entrada costaba seis euros. Si este tipo de eventos tuvieran algo más de
publicidad y la gente algo más de cabeza los quinientos metros cuadrados de
jardín deberían haber estado rebosando. Pero no entremos en estos inútiles temas
y hablemos de la música.
Con Champanier al piano empezó la
sesión y en este formato fue desgranando los temas más melódicos del disco.
Mención especial para Lluvia de abril. Con permiso de Gabis y del propio
Marcelo, la voz se convirtió por momentos en el instrumento fundamental.
Sabe lo que quiere hacer con ella y lo aplica con éxito. Lejos de echar de
menos a la (numerosa) banda, Champanier creó ayer un disco nuevo con tres
instrumentos. Diferente. Mucho más íntimo pero no por ello con menos cuerpo. Recogido
pero sin renunciar a ese punto rock que tienen (y no deben perder) la mayoría
de sus composiciones.
Para este punto rock, blues,
Ariel, Stones… ningún acompañante mejor que Claudio Gabis. Curtido en
(literalmente) mil batallas, las manos de Gabis se mueven como las de
Clapton: sin esfuerzo aparente, tocando la nota exacta en el momento preciso,
sin cargar los temas de su compatriota y clavando el solo de rigor entre las
dos partes del tema. Champanier nos regaló también una canción inédita (“compuesta
hace una semana”; tuvo que hacer esfuerzos para recordar el título que le había
puesto; yo, como ven, lo he olvidado…) que Gabis, en plan Fernando Merino, se
encargó de acompañar a primera escucha, improvisando durante los cuatro minutos
que duró. La parte más eléctrica (y la más estadounidense también) llegó con Fuera
de la ley. Guitarra acústica en mano cambió de tercio por completo y a la
canción que abre el disco se fueron añadiendo las más lúdicas y canallas*: Tres
Marías (crónica de una etílica velada que el, digamos, yo lírico termina
en casa de tres amigas; con algo de Victoria y Soledad de Calamaro) y Trío
Calavera (oda a la amistad que el cantante dedicó a uno de sus amigos
presente en el concierto).
Champanier tocó, por supuesto, el
disco entero y añadió temas antiguos (impresionante, in-presionante, Lluvia
de Buenos Aires), más el tema inédito al que me referí antes, pero lo cierto es
que supo a poco. Queremos más. La próxima cita será en Clamores (22 de mayo)
con cambio de papeles: será Gabis quien tome la batuta y Champanier el que haga
el papel de invitado. Esta vez no digan que no les avisaron.
Ése es el nombre que recibirá la nueva gira de Extremoduro,
que arranca el próximo 8 de septiembre en Sevilla. Y para presentarla va a haber
una rueda de prensa abierta a todo el mundo a través de su página web. Por lo
tanto, si quieres preguntarle a Robe algunos detalles del disco, de la
gira, de su (oye, vete tú a saber) futura novela o (si te da por ahí) del
último disco de Chuck Prophet, puedes hacerlo hasta el 23 de mayo enviando
tu pregunta a: ruedadepreguntas@extremoduro.com. Eso sí, desde
extremoduro.com se avisa: “Solo se contestará a las más brillantes por su
interés, por su audacia, por su humor o por su mala leche”.
La gira Robando perchas del hotel pasará
únicamente por las siguientes ciudades:
Sevilla, 8 de septiembre
Valencia,15 de septiembre
Murcia, 22 de septiembre
Madrid, festival En Vivo, 29 de septiembre (próximamente,
más detalles)
Señor Chinarro se postula como “el
salmón indie” y, justo después de publicar el disco doble “Menos samba!”, saca
a la luzen suBandcamp las
maquetuchas de 17 canciones inéditas, con la intención de buscar músicos que le ayuden a
grabarlas de forma profesional. Y quizás sea casualidad, pero también ahora ha vuelto a marcar territorio, poniendo sus
huevas en la mesa de Internet: Aquí puedes acceder al Soundcloud de Calamaro. En él, encontrarás (por ahora) unas 70 canciones inéditas (repartidas entre
versiones, composiciones propias, directos…). Y subiendo. Por ello, nos
permitimos rescatar el texto “las cancionesson tatuajes” que escribimos cuando
nos enteramos de que Andrés volvía a pasarse de la raya, aspirando al máximo
posible, dispuesto a jugarse el tipo, la garganta, el prestigio y la nariz:
LAS CANCIONES SON TATUAJES
La honestidad no es una virtud, es una obligación
(Andrés Calamaro. Honestidad Brutal)
Hace mucho tiempo comenzamos una
canción (a día de hoy inacabada) cuya primera estrofa decía:
Si
Keith Richards levantara la cabeza…
si Calamaro perdiera veinte kilos…
Si
por venderme al menos te comprara…
o
tuviera para ponerte un piso.
Lógicamente, como pueden
observar, la canción era un simplista Ubi sunt? sobre un tópico del
rock tan cansino como cualquiera de los más manidos propios de las estrellas
(destrozar hoteles, follar grupis en cadena, morir de sobredosis…): en este
caso el del hooligan que se permite despreciar a un artista que, rechazando
un pasado indiependiente, auténtico (ay dios) opta por venderse,
convirtiéndose en patética caricatura de lo que un día representó y, por tanto,
acaba no sólo traicionándose a sí mismo sino también, recórcholis, lo que es
peor, fallando al público que un día confió en él. Y al que, claro, tanto debe.
En fin, cosas de niños…
No se llamen a engaño: con esto
no quiero decir que hayamos madurado y, por tanto, hayamos rechazado una
canción tan simplista: seguimos siendo unos putos niñatos y la canción sigue en
un cajón simplemente porque abandonamos casi todo lo que hacemos (como habéis
podido escuchar, otra canción acaba –por tanto, mintiendo- “Yo que nunca acabé
nada/ casi acabo contigo/ yo que nunca acabé nada/ he acabado tu canción”).
Esto viene a cuento porque el
pobre Andrés Calamaro, tras una etapa en la que era la viva imagen de la
felicidad (no sólo porque, si la felicidad se representa con una curva, él
llegó a estar a punto de ponerse en órbita) ha sacudido a la siempre sedienta
prensa argentina del corazón-rock (sí, parece ser que la hay) con recientes
escándalos que recuerdan tiempos pasados: Andrés mete la pata con la mujer que
le aguantaba, daba estabilidad y cuyo nombre se había tatuado para dar
testimonio al mundo de su amor; ella le deja, Andrés se empieza a drogar como
una bestia y graba canciones en las que toca todos los instrumentos y canta con
voz desagradable mensajes que son descarados llantos en público, puro
exhibicionismo gore de corazón abierto , desesperadas y patéticas súplicas de
perdón. (Verbigracia: primera canción mandada a los medios: una versión de
“Vivir sin tu amor” de Spinetta)
Y sí, somos tan críos que nos
creímos todo aquel número en su primera versión. Un poco con el oficialmente
consagrado por la crítica Honestidad Brutal (cuyo libreto se cerraba
con un arrebatado epílogo explicativo de sólo dos palabras -“Por Mónica”-) y,
sobre todo, con uno de, en nuestra opinión mejores discos de la historia de la
música pop española (aunque de esto hablaremos en otro momento): el
inconmensurable El Salmón, de tanta incontinencia creadora como farlopera.
Y somos tan críos que, pese a
todo, vamos a seguir el remake intentando olvidar la desconfianza que Calamaro
se había ganado a pulso con el irregular El Cantante, con el mediocre El
regreso, con el simplemente bueno On the rock y con el infame El Palacio
de las flores.
Porque creemos que Andrés es esa
maricona llorona que, cuando quiere, suena más sincero que nadie y es capaz de
humedecer a estas mariconas lloronas que le admiramos. Y si no escúchese ese
desgarrado “por favor, ¿no ven cómo me estoy hundiendo…?” en “Un
Barco un poco”, ese implorante “más hoy que estoy tan sólo y tan cansado
de llorar, quiero saber si tú querrías regresar…” en la desesperada “Así”…
O, sobre todo, esos vulgares intentos de preserva la dignidad en “Tu pavada” (“por
favor, no pares nunca: mi único orgullo es saber que sos tan puta…”) y,
especialmente, en quizás la mejor canción que nunca ha escrito, No son horas:“no
te olvides que soy grande porque tengo multitudes que me esperan afuera…”
Sin embargo, mi verso preferido
de Andrés siempre ha sido uno que para mí condensa esa bipolaridad que avanza a
tumbos entre el orgullo y el ridículo (para acabar de dejarlo claro canta a dúo
con Maradona) y que reza así: “Hoy me puse mi mejor traje/aunque no había
ninguna fiesta:/ la verdad, todavía te quiero/ no me importa lo que te
parezca…”
Y es que el pobre Calamaro,
gordo, escuálido, brillante o estúpido, con la voz que Ariel Rot definió como
“la del millón de dólares” o con el horrible desafine propio de los últimos
tiempos, es, siempre incontinente, excesivo, e inocentemente sincero. En
definitiva, ese varón tierno (como le gusta insistir, quizás por un
autocomplejo) y sentimental, que no tiene que arrepentirse de que compartan la
misma piel el corazón tachado de Mónica con el símbolo de AC/JC (por Julieta
Cardinali, su último error) sino que, como ya dijo Joni Mitchell, las canciones
son los verdaderos tatuajes y, por tanto, la nueva producción a corazón abierto
la única cirugía láser que puede borrar los últimos tropiezos es ese genio que,
queremos pensar, no estaba muerto, estaba zampando bollos. Leré.
El pasado 27 de abril unos
pocos afortunados que acudieron al acto benéfico de la fundación El Pájaro Azul, cuyos
fines están orientados a la realización de proyectos de ayuda a los más
desfavorecidos de África, se llevaron una tremenda sorpresa: la actuación
sorpresa de Robe e Iñaki “Uoho” de Extremoduro presentando una canción inédita en
el más absoluto de los secretos.
“Estamos hoy aquí porque El
Pájaro Azul no se identifica con ningún sistema ideológico, político ni
religioso, y eso mismo nos pasa a nosotros”, dijo Robe justo antes de
tocar la canción, según informa el diario La Nueva España.
Robe había pedido expresamente
que no se anunciara su actuación. “Os presentamos esta canción que no
tiene nombre, pero como estamos aquí por lo que estamos, podemos llamarla El
pájaro azul; mañana, no sé”.
Habíamos quedado a las 12:45 en Méndez Álvaro, habíamos tomado dos gin-tonics cada uno y llegábamos tarde. Esto no tendría nada de sorprendente de no ser porque los que nos esperaban eran Ángel Vallekas y su simpática hija Marta con la intención de llevarnos a la preescucha del disco que Albertucho estaba terminando de retocar y porque esta vez sí nos importaba llegar con retraso. Eso provocó que el taxista que nos evitó el último pero eterno sprint de apenas 200 metros (por el módico precio de 2 euros) y el camarero que nos vio engullir las cuatro copas en menos de 3 minutos compartieran análisis: “¿vais con prisa, no?”. En efecto, llegábamos tarde, íbamos con prisa y nos faltaban al menos otros dos gin-tonics para acabar de sentirnos cómodos al descubrir que la familia Vallekas, parte importante de la historia del rock español, había optado por exponer su lado más británico en cuanto a lo que a puntualidad se refería. Finalmente, y tras las presentaciones y excusas de rigor, aparcaron en una zona residencial de Rivas Vaciamadrid y entramos tras ellos en una casa de apariencia modesta, que resultó contener un estudio cuidadísimo: el Musitrón de José Luis Garrido, ganador de dos Goyas a la mejor banda sonora, productor de Ketama, Camarón, Paco de Lucía, Canteca de Macao (o Lunas de mala lengua del mismo Albertucho) y estupendo anfitrión.
Sin embargo, esta vez se había encargado de dirigir la producción un chaval de menos de treinta años, al que ahora se notaba aparentemente desbordado por la situación y se paseaba nervioso de un lado a otro, sin poder parar ni escatimar en inútiles vasos de agua que no calmaban su sed y que, si acaso, le servían de excusa para seguir moviéndose como una simpática bola de pinball ebria. Finalmente, Marta decidió acabar con esa farsa y se ofreció a ir a buscar unas cervezas. Nosotros, disfrazando de amabilidad para con los demás la ansiedad propia, nos ofrecimos a acompañarla. A la vuelta ya habían llegado el resto de invitados a la preescucha, entre ellos el reputadísimo bajista Jorge "Flaco" Barral y su encantadora mujer, Luismi Villarubia y Ana, el periodista Chema Gallego, Concha, la mujer de Ángel y, por supuesto, las cervezas. De modo que había llegado, también, la hora de escuchar el disco.
El primer corte que nos pusieron no podía empezar de forma más directa, con una acústica y una voz en primer plano que parecían casi un manifiesto sonoro acerca de por dónde iban a ir los tiros. Bastaron unos pocos acordes para que todo el mundo se relajara y disfrutara, se confirmara que el estudio Musitrón, aparte de aparente era efectivo y, sobre todo, que el chaval de menos de treinta años podía estar nervioso y necesitar un trago de cerveza antes de compartir su trabajo pero, desde luego, no había estado, ni mucho menos, desbordado por la situación: el disco sonaba, como diría algún payaso dándoselas de listo, maduro, con enjundia. Sonaba nítido, sin recargamientos, con cada arreglo en su sitio y sin escatimar los adornos oportunos para darle vuelo o desplegar cómplices guiños melómanos. Sonaba a disco grande, si eso no fuera otro término vacío. Sonaba a disco del año si las revistas musicales sirvieran para algo. Para no aburrirles con adjetivos vacíos, sonaba de puta madre.
Pero, sobre todo, sonaba a que el productor, pese a su juventud, sabía lo que se traía entre manos o, más bien, dado que el productor era el mismo Albertucho que ponía su carrera y sus cojones encima de la mesa, que sabía perfectamente hacia dónde quería ir.
Entre las canciones que escuchamos estaba “Somos pájaros”, una especie de blues generacional involuntario, como de roquero cansado o, al menos, con mucho vivido, en el que una tremenda batería asfalta el camino hacia un estribillo entre épico y derrotado, a medio despegar o, más bien, cantado con la inevitable sabiduría amarga y el consuelo necesario que da el fracaso compartido. Quizás resume muy bien el espíritu del disco junto con “Superhéroe de sillón” que, por su parte, alterna oxímoros de la categoría de “superpoder de semi-dios” con agudas reflexiones compartidas en barras (“yo tengo cuernos como tú…/y como tú yo soy el bueno”). Porque, bajo mi estúpido punto de vista, el disco se debate en una interesante dicotomía: parece concebido de una forma tremendamente ambiciosa pero hecho sin despegarse desde la más absoluta modestia. Y es que Albertucho alterna la cantidad de pretérito acumulado que ya le acompaña (“son mis monstruos y mis dioses/ los que despiertan a voces/ lo que un día fui yo”) con la pura ingenuidad con la que parece encarar cada composición y que le lleva a incluir bromas semi-privadas (“Él no murió”), confesiones de amistades (“Mi compadre”) o puras apologías de una determinada forma de vida (“si sueñas mucho más de lo que quieres/ será mejor no tener nada”). Al fin y al cabo, como reza otro de los títulos “Tiene que haber de todo”. Y por ese “de todo” se notaba que habían pasado Johnny Cash, Mumford & Sons, Dylan, The Felice Brothers y también, no conviene olvidarlo, el mismo Albertucho, que parecía escribir y cantar con la seguridad del que sabe quién es, de dónde viene y, sobre todo, todo lo lejos que puede llegar.
Finalmente, se acabó el disco y se acabaron las cervezas. Se fue despidiendo la gente y nosotros nos ofrecimos a irnos para dejar trabajar a los profesionales. Sin embargo, Ángel y Concha Vallekas se empeñaron en llevarnos a comer y nos regalaron una sobremesa plagada de anécdotas divertidas desde su posición privilegiada en el rock nacional. En el muestrario de chistes y descojonantes batallas destacó especialmente Pablo Salinas, que ha trabajado con todos (desde los Chichos en su juventud hasta Antonio Flores, Miguel Ríos, Luz Casal, Mike Oldfield, Joaquín Cortés, Ana Belén, Joan Manuel Serrat o Jennifer López) y que últimamente anda metido en esto. Albertucho (para entonces ya D. Alberto) no quiso venirse por falta de hambre y apareció luego con Marta, fiel escudera, cuando los demás ya habíamos terminado, manteniendo su intención de ayunar y sin querer aceptar más que un café. Otra vez volvía a parecer un chaval de nuestra edad, tímido y nervioso después de un examen. Sin embargo, la diferencia era que al cabo de un rato iba a volver al estudio a terminar un disco que, incluso sin estar terminado, ya podíamos calificar, sin duda, de sobresaliente.
Hoy que se cumplen 175 años de la muerte de Mariano José de Larra, rescatamos el artículo que escribimos citando a su inmortal artículo "Quién es el público y dónde se le encuentra":
“¿Quién es el público y dónde se le encuentra?” se preguntaba en un artículo Mariano José de Larra poco antes de descerrajarse un tiro en el pecho. “¿Quién es el público y cómo consigues que te deje en paz?” se preguntaba, supongo, Kurt Cobain poco antes de pegarse un tiro en la boca. ¿Quién es mi público y cómo consigo que sepan que soy lo que están buscando? Se preguntan, imagino, millones de chavales y no tan chavales cada día en locales de ensayo, salas de conciertos, bares, discotecas, oficinas, aulas, parques y colas del paro. Sí, el público: porque todos, punks, jevis, cantautores, raperos, incluso gafapastas, quienquiera que tomemos como supuesto ejemplo de máxima integridad con la, digamos, “ética de la independencia y la vinculación con mi entorno” en oposición al pragmatismo, a la comercialidad, al producto de merchandising, al éxito fácil o la fama a cualquier precio quiere, perdón, necesita vender o, al menos, ser reconocido, ser escuchado para poder seguir siendo.
A menudo parecemos olvidarlo: reivindicamos artistas malditos, incomprendidos, y ensalzamos obras ignoradas o incluso despreciadas en su momento. Y es que, claro, el bueno siempre es el que se ha muerto, ya sea Nick Drake, John Lennon, Jaco Pastorious, Migue Benítez, Janis Joplin o Miguel Bocamuerta. Olvidamos en cambio que lo más importante es la canción (¡estúpido!), y que ninguna obra merece ser juzgada en base a la muerte que antecede o provoca (si no es por las ganas que pueda dar de tirarse de un puente) y que, por ejemplo, cuatro tiros no bastan para olvidar la mediocridad general imperante en los discos en solitario de Lennon, ni una soga para convertir en cool la discografía de Bocamuerta, ya que lo que es, desgraciadamente y de forma irremediable, es demasiado escasa.
De hecho, muchos de esos artistas malditos, de haber sentido ese aprecio que, desgraciadamente, a veces sólo aparece tras su desaparición, habrían tenido energías para hacer, seguro, más discos y, probablemente estos habrían sido aún mejores. (sólo probablemente porque la magia de un disco es algo tan etéreo que, de acuerdo, pongámonos románticos, sí puede estar condicionado por el sentimiento de incomprensión.)
Lo siento, seguramente estoy “Hablando como el estúpido con gran experiencia que preferiría ser un charlatán infantil castrado”,que escribió mi querido Cobain antes de esparcir lo poco que le quedaba de seso contra la pared a su espalda (“no, I don´t have a gun”, cantaba el mi pobre, ¿no digan que no tiene gracia? ).
A lo que vamos pues, no me distraigan que se me va el porro al cielo y, como escribió Kurt antes de poner el punto final: esta nota debería ser muy fácil de entender…
Ya hablamos en otra ocasión (creo, si no, hablaremos, al fin de cuentas el tiempo es relativo) de la admiración que sentimos hacia Lichis: nuestro primer disco queremos que se llame “Nota de suicidio comercial” como pequeño homenaje…
Pero, dicho esto, tenemos que decir que Lichis se equivocó gravemente y con eso sentenció a La Cabra Mecánica al aceptar (no, aún peor, ofrecerse a) hacer una canción para el cupón de la ONCE que se convirtió en un éxito a la vez que fagocitaba al propio grupo, convertido ya para muchos en una parodia de sí mismo… Y que hizo que se les tomara por un grupito más de rumba canallita y de consumo fácil, olvidando la profundidad de sus letras su eclecticismo y su buen gusto. ¿Significa esto que el público acertó marginando a partir de entonces a La Cabra? No, en absoluto. El castigo fue desproporcioando, excesivo e injusto. No solo porque antes había demostrado su autenticidad y su calidad, sino porque volvió a hacerlo después y hubo de soportar el sambenito colgado.
Y es que ya decía Larra que es irremediable la existencia de un prototipo de artista “empeñado en escribir para el público, y sin saber quién es el público”. Esto a veces puede conducir a errores históricos, de los que, con perdón, no puedo dejar de reseñar dos que seguramente no resulten ni mucho menos históricos, pero que para mí son paradigmáticos: Despistaos y Pereza. Pero mejor seguimos otro día.
Por ahora, les dejamos con la canción que da título al discazo que el público, ese “ininsultable hijo de puta”, decidió ignorar.
P.D. Yo que iba para Mariano José de Larra.. y acabé en Mariñas.
Vamos a ver si aclaramos un poco todo este desaguisado.
Quieneselpublicoydondeseleencuentra habla o pretende hablar de música.
sikeithrichardslevantaralacabeza habla de los personajes que, a veces, la hacen. Que no es lo mismo ni es igual.
Es decir, que si tienes una camiseta de los Ramones, sobre todo, porque te mola el logo pero tampoco es que te sepas más de 3 o 4 canciones (y no vale “I wanna… noséqué…Hey, ho, let´s go") o con el poster de Jimi Hendrix porque tenía un pelo de la hostia pero, en el fondo, piensas que la versión de Like a rolling Stone de 11 minutos la puede aguantar su puta madre y, en el fondo, mola más decir que te encanta que escucharla entera, esta es tu sección: sikeithrichardslevantaralacabeza.
Contaremos anécdotas, mitos, leyendas y, en definitiva, contribuiremos a la mitificación o endiosamiento de la patética actitud de rock star drogota y supuestamente molona que tanto daño ha hecho a nuestra influenciable juventud.
Si, por el contrario, eres un tío que se da cuenta de que la música está realmente mal y que de las 100 horas que pone Spotify a tu disposicón te tiras 90 haciendo zapping, desesperándote o volviendo a lo de siempre (muchas veces estúpidamente, porque son discos que ya tienes bajados o, si eres lo suficientemente pureta, comprados). Si te das cuenta de que el mejor disco editado en España en 2010 es Para no ver el final de M-Clan y el mejor de 2011 es Material defectuoso de Extremoduro y lo haces para ti, porque es muy poco cool andar diciendo eso en público, esta es tu sección: quieneselpublicoydondeseleencuentra.blogspot.com, porque estamos igual de preocupados que tú.
En definitiva, si te preguntas porqué cojones no han alcanzado el reconocimento debido Le Punk, Los Individuos, Sonotones, Julio de la Rosa, Javier de Torres, Iratxo o Carlos Chaouen… puedes lamentarte en quieneselpublicoydondeseleencuentra. Pero no nos llores. Que bastante tenemos con lo nuestro.
Por supuesto, como existe la ventaja de que Javier de Torres, Alfa, Julio de la Rosa, Iratxo y otros, son unos buenos personajazos... Igual algún día todos confluimos en el mismo punto y nos fundimos en un abrazo tras habernos soltado amigablemente unas hostias de mutua incomprensión.
Los Jacobos son un grupo de punk patatero, sencillo, borrico, brillante, genial.
Lo siento. De verdad que no quiero sonar recargado, ni pretendo dar a entender que Los Jacobos son el mejor grupo que nunca haya escuchado porque, de hecho, serían de los peores si no fuera porque las radios comerciales han dejado el listón a ras de suelo. Sin embargo, les juro que tampoco exagero si les digo que por más que haya estado en Derrames, Viñas, Fibs, fiestas patronales, salas de prestigio y garitos inmundos, el directo de Los Jacobos siempre estará entre los mejores que he visto en mi lamentable vida.
Y, ojo, dense cuenta de que no pongo fecha: no digo “el concierto de Los Jacobos en el Festival Alternativo del Berrocal de 2002”… o “el concierto de Los Jacobos en el Extremúsika de 2007” (por más que los dos fueran apoteósicos)… No, digo “el directo de Los Jacobos”, y digo bien, porque “el directo de Los Jacobos” es en sí una fiesta que debería ser declarada de interés nacional, un acto de catarsis, de unión, de liberación de feromonas, rabia, risotadas y empujones y una exhibición de efectividad (tienen claro lo que quieren y cómo conseguirlo), de buen rollo y de actitud.
“Actitud”, qué palabra más potita, y cómo se nos llena la boca al usarla. Tanto que, puestos a ser sincero, no hay otra que me suene más falsa al hablar de música, ni término que más dispuesto esté a no utilizar bajo ningún concepto al hacer una crítica o una crónica… pero ¿hay algo más grandilocuente que prometerse algo a uno mismo? Y Los Jacobos, entre sus múltiples efectos beneficiosos para el cuerpo, la mente y la polla, tienen la sana manía de bajarte de tu nube, recordarte que no eres más que un pobre desgraciado aunque, eso sí, rodeado de desgraciados como tú entre los que caben frikis, jeviatas, yonkarras y gafapastas que acabarán unidos por lo que más ha unido a lo largo de la historia a los seres humanos: estar dispuesto a pasar, sin más pretensiones, un rato de puta madre.
Y perdón, pero actitud es la palabra cuando hablamos de un grupo que lleva más de diez años tocando las pelotas sin haber perdido nada del espíritu amateur a la hora de divertirse para divertir a los demás, de disfrazarse, de hacer el ganso, de salir a morir en cada concierto… de salir, ¡joder!, borrachos, de salir a arrasar y a vaciarse. Y dejémonos de leches: eso se nota, se valora y se aprecia. Y, aunque debería ser valorado por mucha más gente, ellos se lo pierden: los que los conocemos tenemos más espacio para bailar, salir a morir, a vaciarnos y a hacer el ganso. Borrachos, claro.
No puedo decir mucho más… pido disculpas pero, en serio, es para vivirlo. Y al que piense que exagero sólo le pido de plazo cuatro minutos de cualquiera de sus conciertos: si a los dos no está bailando es que es paralítico, si a los tres no está gritando es que es mudo, y si a los cuatro no está sonriendo es que es rematadamente imbécil. Y entonces, lo reconozco, mejor que se vaya cuanto antes, porque por simplista, directo y aparentemente ingenuo que parezca, Los Jacobos advierten siempre que pueden en sus camisetas, chapas y contraportadas que hacen “punk tonto para gente inteligente”. Y no lo hacen para presumir (cualquiera que les conozca o que asista a sólo cuatro minutos de sus conciertos se da cuenta de que no hay grupo más alejado de petulancia o aires de grandeza), sino sólo para evitar malentendidos como este: si buscas melodías armoniosas, letras intelectuales, romanticismo, complejos desarrollos instrumentales… mejor que te vayas por donde has venido.
Ahora, si lo que pretendes es reírte de todo y de todos, botar, verte envuelto en un pogo kamikaze, berrear eslóganes que rayan en el absurdo y/o la genialidad (“Yo tenía una novia de Pamplona que veía la Bola de Cristal”), rendir tributo a los verdaderos iconos de la cultura pop (Chuck Norris, El Profesor Storeman), reconocer verdades absolutas (“La Pantera Rosa” siempre será mejor que Mad Men, Perdidos o The Wire) y perversiones ocultas (Arantxa Sánchez Vicario siempre dará más morbo que Venus Williams), un concierto de Los Jacobos es tu sitio. Y en pocos sitios lo vas a pasar mejor.
P.D.
Llegado el final me doy cuenta de que no he hablado de su biografía, su carrera ni sus discos…
De nuevo, lo siento. Me cuesta ser ordenado al hablar de Los Jacobos, quizá porque sus directos son absolutamente caóticos, desorganizados, salvajes, frenéticos… o, al menos, así lo parecen desde el público. Otro motivo para ser tan poco preciso es que ha habido cambios en la formación y que se comenta que habrá más… Aquí quiero ser muy respetuoso, porque todos los que han tocado me parecen unos músicos de la hostia (si no, sería imposible que dieran esos pedazo de conciertos...), pero, la verdad, me suda un poco la polla: quiero decir que cuando vas a ver a Bob Dylan te da igual si ha cambiado de guitarrista, que los Rolling pueden cambiar de bajista y, sobre todo, y es una comparación más acertada, los Ramones pueden hacer los cambios que quieran porque hay algo por encima que permanece inalterable. Y, cuando vas a ver a los putos Jacobos, vas a ver a los putos Jacobos y con eso te vale.
En fin, la verdad es que no me quería poner moñas, pero, ya que quieren seguir leyendo, les voy a confesar algo: los conciertos de Los Jacobos son una forma de vida. Así, como suena. En ellos nos juntamos gentes que el resto del año ni nos hablamos, pero aquí nos abrazamos, nos pegamos, nos sentimos de verdad en nuestro sitio, haciendo lo que nos gusta. Imagino que al que le gustan los encierros se muere por correr en San Fermín, al que le gusta el fútbol por verlo en La Bombonera, al que le gustan los Carnavales por vivirlos en Río y al que le gusta la farlopa por viajar a Bogotá…
A nosotros nos gusta la música en directo tocada con ganas y con huevos. Y, siempre que podamos, iremos a ver a Los Jacobos.